En la UNLP existe un amplio consenso respecto a que el ingreso a la Universidad debe ser gratuito, libre e irrestricto tal como lo establece nuestro Estatuto. Pero este consenso es sólo el punto de partida para encarar un desafío más amplio que ubica al ingreso en la convergencia de dos aspectos centrales de una política incluyente: el acceso y la articulación. Se trata en efecto de lograr que cada vez más personas puedan acceder a los estudios universitarios, y a la vez superar las dificultades que conlleva el tránsito de la escuela media a la universidad; desafío que no depende sólo de lo que podamos hacer desde la propia universidad, pero que requiere de ella un esfuerzo sostenido.
Respecto al acceso, las dificultades socioeconómicas son, sin lugar a dudas, un obstáculo central para que los sectores populares puedan estudiar una carrera universitaria. Sólo una redistribución radical de la riqueza permitirá que las oportunidades de lograr el pleno desarrollo de las capacidades y preferencias personales sean estructuralmente iguales para todos: alcanzado ese escenario, a cuya concreción la universidad también debe contribuir produciendo y transmitiendo conocimiento crítico, quizá pueda incluso pensarse en una cierta planificación del ingreso universitario. Pero en una sociedad todavía atravesada por enormes desigualdades y por relaciones de dominación, la ampliación del ingreso a la universidad es un imperativo de equidad y justicia que debe encararse a través de acciones en diversos planos: uno de ellos es la de las políticas de becas y de bienestar estudiantil, un camino en el que la UNLP ha dado pasos muy significativos en los últimos años; y también es importante continuar profundizando las acciones dirigidas a difundir las posibilidades que brinda la universidad en las escuelas en general, pero particularmente en las de las zonas más carenciadas.
La otra dimensión a la que hacíamos referencia es la de la necesidad de trabajar sobre la articulación entre la escuela secundaria y el primer año de las carreras universitarias a través de estrategias que faciliten un tránsito que para muchos estudiantes resulta traumático y lleva a altas tasas de deserción temprana. En este sentido es preciso cuestionar las posturas que se limitan a culpabilizar a la escuela por las dificultades que presentan los ingresantes; en los medios, en el sentido común, y a veces en la propia universidad, este tema está muy frecuentemente atravesado por un discurso descalificador –“los chicos llegan sin saber nada”, se escucha demasiado a menudo- y suele ser el sistema educativo quien carga con esa culpa.
Tenemos el desafío y la responsabilidad de desmontar estas visiones y trabajar mancomunadamente el problema pensando el último tramo de la escuela secundaria y el primero de las universidades de manera realmente articulada, como un camino compartido entre dos partes de un mismo sistema. Experiencias realizadas en varias facultades muestran que con estrategias adecuadas aplicadas en los cursos de ingreso y/o en los primeros cursos de cada plan de estudios es posible recuperar y poner en acción capacidades que los y las estudiantes traen de la escuela, o en todo caso reforzar aspectos débiles de la formación previa que no son obstáculos insalvables si se los aborda con una voluntad incluyente y no con una mirada despectiva. Al mismo tiempo, la universidad puede aportar elementos para acercar el último año de la secundaria al tipo de trabajo que los ingresantes deberán afrontar al comenzar su carrera; y ésta a su vez puede y debe pensarse como un trayecto escalonado, con niveles de madurez crecientes, donde las materias iniciales combinen el necesario nivel académico con mecanismos de apoyo y contención.












