La acción de transformación en el desarrollo de las instituciones universitarias públicas es tan necesaria como inevitable, al igual que las reacciones y sus consecuencias.
Nuestros 200 años como Nación y los más de 100 de universidad pública nacional deberían ser un excelente pretexto para pensar la universidad del siglo XXI y su rol en el desarrollo inclusivo de las sociedades de los países latinoamericanos.
Este nuevo siglo comienza con una sociedad estructuralmente democrática pero profundamente desigual, con altos índices de pobreza, marginación y exclusión, con consecuencias culturales, políticas, sociales y económicas que plantean un serio desafío de trabajo y compromiso a la democracia de nuestro país.
Nos preguntamos, entonces, con qué herramientas podemos transformar y modificar esta situación y generar una sociedad justa y solidaria. Me permito afirmar que la educación pública y obligatoria en todos sus niveles es una de las bases principales para la construcción de una ciudadanía emancipada, que debe estar solidariamente integrada en un proyecto nacional, popular y democrático, que excluya la violencia, promueva la justicia social, la igualdad y el reconocimiento del otro y difunda los valores de la justicia y la verdad.
Alcanzar la universalidad de la educación, como manifestación del principio de igualdad de oportunidades y posibilidades y como medio esencial de la democratización de la educación, debe ser una meta central.
Producir una reforma emancipadora
La Universidad Publica en la República Argentina está atravesada de manera inevitable por la Reforma Universitaria de 1918. Desde entonces la consecuente finalidad de la universidad pública es la integración de las ideas armonizando las divergencias, con un intenso sentido de sensibilidad humana y social.
La Reforma en razón de sus propios planteamientos hace inexcusable para el universitario su neutralidad política como ciudadano, en todo sentido es un ensanchamiento de responsabilidad, y obliga a buscar, conformar y profundizar los conceptos para plantear doctrinariamente los nuevos elementos reformistas del siglo XXI.
Igualdad de oportunidades y de posibilidades, haciendo efectivo el concepto político del ingreso irrestricto, construir la verdadera igualdad que implica destruir todas y cada una de las trabas que el sistema construye conciente o no, en la real posibilidad de que los jóvenes lleguen a los estudios superiores.
La formación continua, incluyendo transformaciones en los procesos del conocimiento y la consecuente contextualización social del mismo. La tarea debe involucrar la promoción de alternativas de formación, investigación y de extensión con una organización que apunte a la continuidad de acceso a la producción de conocimiento de modo que la sociedad definitivamente se vea reflejada en la universidad pública.
La extensión y la investigación en el medio social, para profundizar la reforma en la universidad del futuro debemos conferir una nueva centralidad a las actividades de extensión, incluyéndola en la currícula y en la formación docente, atribuyéndole a la universidad una participación activa en la lucha contra la exclusión, la degradación ambiental, y la defensa de la diversidad cultural.
Formar ciudadanos antes que profesionales, fomentando el espíritu creador y el pensamiento critico como metodología de enseñanza-aprendizaje, dentro de un mundo que se transforma a velocidad desconocida en la historia reciente, y la preparación en conocimientos culturales, valores democráticos y conceptos éticos y morales que perfilen una personalidad comprometida.
Vocación latinoamericana y diversidad de saberes, promoviendo diálogos entre el saber científico y humanístico que la universidad produce y los saberes populares tradicionales, urbanos y campesinos, que circulan en las sociedades latinoamericanas. Promocionar practicas de una nueva convivencia activa de esos saberes, con el supuesto de que todos ellos se enriquecen y potencian con este dialogo, propone una nueva valoración de esta construcción cognitiva.
Nuestro desafío, la inspiración colectiva
La universidad del siglo XXI será diferente pero tan o más necesaria de lo que fue en siglos anteriores, su especificidad en cuanto a bien público y social y derecho humano universal reside en ser la institución que liga el presente con el mediano y largo plazo. Por los conocimientos y la formación que produce y por el espacio público privilegiado para la discusión abierta y critica que constituye.
La universidad también es un bien estratégico ligado íntimamente al proyecto de Nación. El sentido cultural de transformación y su viabilidad dependen de la capacidad nacional para negociar de manera calificada la inserción de las Universidades Nacionales en los contextos de transnacionalización.
Es aquí donde se hace la práctica democrática más pura, que en buena medida es la capacidad de sostener las ideas propias sin agraviar el pensamiento ajeno. Por eso afirmamos que es condición esencial para el desarrollo del pensamiento humano el debate con recíproco respeto y esa es una condición que debemos defender y preservar en la universidad autónoma y reformista.












