La Argentina de finales del siglo XIX era ante todo un país de fuertes contrastes entre la capital de la Nación, la provincia de Buenos Aires y ciertas regiones de la pampa húmeda y las provincias que por diversos motivos, no pudieron por entonces incorporarse al mercado agroexportador. La primera región fue donde se desarrolló el gran fenómeno de la expansión agropecuaria primero, acompañada por la rápida extensión de las vías férreas y la ocupación de territorios antes desocupados; todos estos fenómenos fueron posibles a su vez por el enorme crecimiento demográfico producto de, especialmente, la segunda etapa de la inmigración masiva comenzada en 1891. Sería vano intentar abordar en pocas líneas la próspera situación económica y el progreso que experimento la Nación en aquellos días, progreso que asombraba al mundo y se había convertido en el atractivo para las inversiones y los migrantes europeos. Baste decir al respecto de estos últimos que en el lapso comprendido entre los años 1906 y 1910 el saldo migratorio fue de 650.000 personas y en el período completo de la segunda etapa de la inmigración masiva (1891-1914) fue de 2.069.000.
Sin embargo, en medio de esa etapa de expansión económica y demográfica, hubo serios problemas sociales derivados de de las enormes desigualdades sociales producidas fundamentalmente por la inexistencia de leyes laborales que protegieran al obrero. La entrada masiva de los inmigrantes muchos de los cuales formaron parte de la clase obrera de las industrias que estaban en pleno crecimiento habría de provocar tensiones sociales. En efecto, con ellos llegaron grupos politizados, muchas veces expulsados de sus países de origen por sus ideas y luchas basadas en el anarquismo y el socialismo. Fueron estos últimos quienes impulsaron la agremiación y posteriormente, la primera huelga general ocurrida en 1902 y que tuvo por efecto la sanción de la ley de residencia. Las luchas obreras y las huelgas se repitieron constantemente en los siguientes años. Muestra de ello fue que las festividades del Centenario de la Revolución de Mayo se vieron afectados por numerosas huelgas y actos de sabotaje provocados especialmente por los anarquistas.
En medio de esta situación de esta simbiosis de hechos y contrastes, Joaquín V. González, a la sazón Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública creó la Universidad Nacional de La Plata; su creación dio respuestas a las necesidades de alta cultura de la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, la peculiaridad de su obra no descansa exclusivamente aquí, ni se agota únicamente en el modelo universitario propuesto. Podemos afirmar sin embargo, que más importante que la creación en si, fue el espíritu que González le infundió a la Universidad en tanto su preocupación por modelar al hombre, dándole un ideal, misión suprema de esta universidad. Daba prioridad de este modo al espíritu, por encima de la técnica. González supo dotar a esta casa de estudios de un "espíritu", encarnado en sus propios ideales, que conforma una especie de núcleo central inalterable, sobre el cual se construye "la Universidad Nueva”.









